Dalamino

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La afirmación espontánea

Brotó como por error de dios en medio de una sólida llanura de normalidad, y ningún atento meteorólogo de borrascas comportamentales habría podido preverlo.

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Yo estaba aquí. Creo que debía de aparentar tranquilidad. Pero en realidad no sabía cómo poner las piernas, intentaba recordar (ahuyentar) mis obligaciones y me sentía en una compleja encrucijada repleta de espejos deformadores.

Lo de perder el tiempo en internet se dice mucho pero es una falacia, pues en verdad es uno mismo el que se pierde, y el desaliento viene de no saber cómo volver al camino recto, de no contar con un mapa y de constatar con horror que el viento borra tus huellas. Y entonces llega de golpe y porrazo, ocurre que mi cuerpo se alza para lanzar una afirmación al aire, afirmarme algo que al parecer tenía que escuchar, ¡una orden que se tenía que escuchar! Para otorgarle más poder doy un cabezazo enérgico en el aire como un saludo japonés ante un ser invisible, al tiempo que pronuncio la afirmación en voz alta: Tienes que... y el verbo en infinitivo justo cuando mi cabeza llega al punto máximo de su vuelo descendente, la palabra más fuerte, la última, la tercera, donde la entonación apogea y muere, la única unidad imprescindible, el verbo al que podría haberse reducido toda la cláusula_._ Y al cabecear, quizá al recoger la cabeza de hecho, las gafas se me despegaron de la cara.

Por suerte mis manos estuvieron ahí bien atentas y acudieron a interceptar el rumbo del objeto. Mostraron sus mullidas palmas, mis manos detienen el trayecto del objeto, pero no la caida. Mis manos temen agarrarlo, porque aún en la urgencia del momento mis manos no olvidan que tratan con un cuerpo frágil y por tanto se desprenden de toda firmeza con el fin de no causar ningún daño. Huye de mis manos, rebota hacia delante como un animalillo tímido y saltarín, y ellas lo siguen pero sin agarrarlo, ofreciéndoles un suelo cada vez más lejos de mi, insistiendo en desplegar un camino a su dirección, y el objeto se me va de las palmas mientras tronco y brazos se estiran hacia delante más y más para evitar la catástrofe. Finalmente mis gafas aterrizan bruscamente en el desorden de la mesa.

En las películas es el follaje arbóreo, espacio de hadas y boas constrictor, territorio sin mapa, liminal, oculto y entretejido en ramas aéreas, es ese el que detiene o suaviza la caida de aquel ser humano al que han arrojado de un helicoptero. En los episodios más urbanos es más dificil hacerlo posible, pero la caida no es tan larga porque la persona sale normalmente de una azotea, y en este caso hay más variedad: son los toldos de las tiendas, y caprichosos complejos de fábricas con techos acristalados, y un camión que pasa en el momento justo transportando almohadas o estiércol. En el caso que ahora nos conscierne, es el fárrago residual surgido espontáneamente a lo largo de días, crecido sobre mi mesa como coral, el que evita que mis gafas se deslicen por una superficie límpida y despejada para ir a parar al suelo. Es el conjunto de vasos sucios y botes y frascos y envases vacíos, ruinas de las acciones más adocenadas de nuestras vidas, con la firme indiferencia de su estar-sin-ser, el que logra.

Me quedé paralizado mirando las gafas, la cuales parecían reponerse del susto posando de la manera menos sexy posible con una patilla dentro de un café olvidado. Y reviví la escena como si hubiera acabado de despertar y me pusiera a repasar un sueño... Rompí a reir.

Y ya relajado, una seriedad llega y lo envuelve todo. Se le da importancia a un pronto. Se  toma la decisión de contar lo ocurrido. Escribir acerca de ese detalle del día. Y eso no estaba previsto. No estaba en el plan del día, pero había sido afirmado, espontáneamente ordenado.